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Incorporar una tecnología innovadora a un centro de Formación Profesional puede ser relativamente sencillo. Lograr que el profesorado la utilice con seguridad, que encuentre su lugar dentro de los módulos formativos y que termine formando parte de la metodología habitual exige un proceso mucho más profundo.

Esta es una de las cuestiones que aborda el estudio El sistema de Formación Profesional y la innovación en España, presentado por Fundación CaixaBank Dualiza y Fundación Cotec. Sus conclusiones apuntan en una misma dirección: la innovación no se consolida únicamente con tecnología, financiación o voluntad de impulsarla. Requiere liderazgo, organización, tiempo, formación y acompañamiento al profesorado.

La distancia entre querer innovar y conseguirlo

Según el informe, las reformas educativas desarrolladas durante los últimos años han impulsado una transición desde un modelo basado en experiencias innovadoras aisladas hacia otro más orientado a la innovación aplicada, aunque señala que siguen predominando las actuaciones aisladas y puntuales frente a las políticas integrales, y que el desarrollo es asimétrico y fragmentado.

Muchos centros siguen encontrando dificultades para convertir una voluntad estratégica en una práctica integrada en su funcionamiento diario. Aunque las políticas públicas, la financiación y el entorno productivo influyen en la capacidad innovadora, el informe sitúa las principales palancas dentro de los propios centros.

El compromiso del profesorado es considerado un factor prioritario por el 61 % de los centros para estimular la innovación, mientras que el 53 % destaca el liderazgo de los equipos directivos. También resultan determinantes la existencia de responsables de innovación, la experiencia acumulada en proyectos anteriores, la estrategia y la organización interna.

Estos factores están estrechamente relacionados. El compromiso docente difícilmente puede sostener por sí solo un proyecto si no existe un liderazgo que marque una dirección, establezca responsabilidades y permita organizar el proceso más allá de la motivación individual.

La innovación también necesita tiempo para ser comprendida, probada y adoptada. Según el informe, el 80 % de los centros incluye la innovación en su proyecto educativo, pero solo el 64 % dispone de una persona o un equipo responsable. Además, en el 56 % de los centros, el profesorado nunca, casi nunca o solo en algunas ocasiones cuenta con horas liberadas para desarrollar estos proyectos.

La implantación no puede depender únicamente de un esfuerzo adicional del profesorado. Requiere espacios para conocer las herramientas, experimentar con ellas y resolver las dudas que surgen antes de trasladarlas al alumnado.

La capacidad para innovar se construye en el centro

La experiencia de Calasanz Lanbide Ikastegia con la implantación de la realidad virtual parte precisamente de esta premisa: identificar las barreras y crear las condiciones necesarias para sostener el proyecto en el tiempo.

Calasanz Lanbide Ikastegia ha implantado la realidad virtual en su modelo educativo

Como explica Raúl Setién Trueba, director de Innovación, cuando la atención se concentra en la novedad tecnológica y se descuidan la integración curricular y el acompañamiento al profesorado, su uso puede quedar limitado a “experiencias aisladas, demostraciones puntuales o actividades excepcionales que no llegan a integrarse de forma real en la dinámica educativa”.

Por ese motivo, en Calasanz entendieron que “implantar realidad virtual en el aula no consiste únicamente en adquirir tecnología innovadora”, sino en “utilizarla con sentido”.

La implantación se articuló a través de un equipo de innovación formado por docentes de distintas familias profesionales. Tras recibir una primera formación técnica, sus integrantes asumieron un papel activo como formadores y acompañantes del resto del claustro. Para Setién, “este aprendizaje entre iguales genera un efecto multiplicador muy potente”.

La finalidad no era convertir al profesorado en especialista en realidad virtual, sino facilitar que utilizara la herramienta con seguridad y criterios pedagógicos claros. De esta forma, el conocimiento no quedó concentrado en unas pocas personas y la continuidad del proyecto dejó de depender exclusivamente del entusiasmo inicial.

La confianza también necesita tiempo

En la implantación de la realidad virtual, las dudas del profesorado van más allá del funcionamiento técnico de los dispositivos y abarcan cuestiones como la gestión de la dinámica del grupo, la integración de la herramienta en el aula o la evaluación de lo que ocurre dentro del entorno virtual.

Calasanz trató de dar respuesta a estas preocupaciones mediante sesiones formativas vinculadas directamente a los módulos de cada ciclo. Las primeras se realizaron sin alumnado, de modo que el profesorado pudiera familiarizarse con el entorno virtual y experimentar sin la presión de gestionar simultáneamente una clase.

Aunque la formación comenzó por los aspectos técnicos, el foco se desplazó progresivamente hacia su aplicación pedagógica: qué competencias podían trabajarse, cómo organizar las actividades y en qué momentos aportaba el simulador un valor diferencial.

El apoyo continuó durante las primeras sesiones con el alumnado, en las que el equipo de innovación acompañó al profesorado “brindando apoyo técnico y pedagógico”.

Esto permitió aplicar lo aprendido en una situación real y avanzar de forma gradual desde la familiarización con la herramienta hasta su uso autónomo en el aula.

La confianza también creció al observar la experiencia de otros compañeros: “Cuando un docente observa que otro ya ha podido integrar la realidad virtual con éxito, la barrera inicial disminuye de forma natural”.

De una experiencia puntual a una metodología compartida

Según el informe, la innovación se consolida cuando deja de ser una actividad aislada y se integra en la estrategia del centro mediante estructuras permanentes, planes definidos y figuras específicas que coordinen su desarrollo.

No basta, por tanto, con introducir una herramienta y formar inicialmente al profesorado. Es necesario planificar cómo se extenderá su uso, quién acompañará el proceso, cómo se compartirán los aprendizajes y de qué manera se vinculará con la programación educativa.

En Calasanz, esta estructura permitió que, una vez superada la fase inicial, la atención dejara de centrarse en el funcionamiento de los dispositivos y se trasladara al desarrollo de competencias profesionales.

Como concluye Setién, la innovación educativa depende, en gran medida, de la capacidad de rodearse de los compañeros de viaje adecuados y de poner el foco en las personas: “Cuando esto sucede, la tecnología deja de ser protagonista para convertirse en lo que realmente debe ser: una herramienta al servicio del aprendizaje del alumnado y la mejora continua de la práctica docente”.